De cómo este cultivo se convirtió en una de las principales exportaciones de Sudamérica

La alfombra amarilla de soja se extiende a lo largo de los campos de la pampa húmeda argentina, como si compitiera con el brazo venoso de la ruta por la que avanzan los camiones cargados hacia el horizonte, donde antes había vacas pastando, hoy hay soja y… más soja.

En el camino, los ojos pasan de amarillo en amarillo. Sin ver a ninguna persona que camine entre las cosechas, la mirada tiene que entretenerse con los tractores que siembran soja RR, y aplican Roundup Ready, la misma semilla y herbicida que aparecen en los carteles colgados en los alambrados, sin rifles grandes ni lentes oscuros, pero siempre amenazantes.

La foto es una postal que no respeta fronteras, se puede enviar sin ponerle un dedo en la boca a la verdad, desde Brasil, Argentina, Paraguay, Uruguay o Bolivia. Según el trabajo “Producción de soja en las Américas” del Centro para la Bioseguridad de Noruega, para el 2010 esta región latinoamericana, ya era la de más cultivo de soja en el mundo, con 47 millones de hectáreas.

Detrás, mirando a lo lejos, se encuentran América del Norte y Asia, desde que el área sembrada pasó de 1,87 a 18,91 millones de hectáreas (entre la década de los setenta y mediados de los noventa), para luego escalar abruptamente a los 47 millones entre 1996 y 2010. Esta ocupación de más del 30% de la tierra arable en la región, se “logró” debido al ingreso de la soja genéticamente modificada o transgénica, de acuerdo a los datos del mismo centro.

Así se consolidó la utilización del llamado “Paquete Tecnológico”, iniciado en la “revolución verde” con el uso de maquinaria agrícola, fertilizantes y semillas transgénicas, lo que llevó por ejemplo, a que Brasil y Argentina concentrasen el 90% del cultivo a nivel regional (el otro 10% se reparte entre Paraguay, Uruguay y Bolivia) y el 50% de la producción a nivel mundial con 116 millones de toneladas. El principal exportador es Estados Unidos con más del 30% del mercado.

De esta manera la región se convirtió, según el libro “Los Señores de la Soja” editado por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso), en proveedora de aceite (el 88% de la producción se utiliza con este fin) y harina de soja para que los países de la Unión Europea, Japón, China e India, alimenten sus vacas, pollos y cerdos, y también la utilicen como insumo para agrocombustibles (biodiesel).

El informe “Radiografía del Agronegocio Sojero” realizado por la ONG uruguaya Redes, sostiene que Argentina industrializa el 71% del grano cosechado, exportando el 98% de la harina producida y el aceite procesado. Mientras que Paraguay solo industrializa el 25% y exporta el 72% (principalmente a Argentina donde se procesa), Uruguay despacha al exterior el 95% de su grano y Bolivia lo destina al consumo de los países andinos, según el gerente de la estatal semillera de ese país, Remmy González.

Brasil, por su lado,  industrializa el 53% de su soja, envía al exterior el 51% de su harina y  el 35% de su aceite, mientras que, también según Los Señores de la Soja de la CLACSO, exporta una importante cantidad de soja como carne de cerdo y pollo ya que es el tercer productor del primero y el líder mundial en el comercio del segundo.

Así los países sudamericanos “aprovechan” el boom sojero que se vive en el mundo, motivado, según Redes, por el alza constante del precio de este commodity (hoy en el orden de los 520 dólares por tonelada) “derivada, básicamente, por un aumento del más de 140% en su demanda entre 1996 y 2010, que llevó a que la producción creciera de 100 a 258 millones de toneladas” (el alza es mucho más grande si se toma en cuenta que en 1964 se cosechaban solo 40 millones de toneladas).

Otra causa a la que la ONG atribuye esta subida, es al “dinamismo que registran los agrocombustibles (mercado donde la soja es una materia prima importante), lo que por un lado presiona a la demanda y por el otro ha provocado que el principal productor, Estados Unidos, utilice más territorio para maíz destinado al etanol (agrocombustible) y baje así la oferta en el mercado”.

También la organización sostiene que otro elemento a tener en cuenta es la aparición de “capitales especulativos que buscan asegurarse importantes márgenes de ganancias en una rama rentable de la economía mundial”.

Pero fuera de esto, la realidad es que el panorama consolida aquella intención de la Asociación Americana de la Soja, cuando solo era oficinas, miles de hectáreas y quería “reemplazar el consumo de carne roja por blanca (cerdo y pollo), el de grasas animales por vegetales y el de la carne y leche de vaca por el de carne y leche de soja para convertirla en el símbolo de la vida sana” (Señores de la Soja).

Este modelo de vida fue impuesto primero en Estados Unidos, pero luego “convencieron a los europeos, japoneses y chinos de que procesaran grandes cantidades del poroto para destinarlo al consumo de carne barata para su población”.

Y así quedó en el medio, Sudamérica, igual que tantas veces en la historia, como una alfombra amarilla que le permite a las metrópolis y trasnacionales caminar con los pies descalzos por lo que todavía son sus dominios, donde universalizan la escasez y contaminación, para que la riqueza quede en unas pocas manos sin callos, pero con muchos anillos, grandes rifles y lentes oscuros.

Investigación análisis65

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