Crónica de un observador internacionalista del proceso electoral del 7 de octubre en Venezuela

Al pasar de Cúcuta a San Antonio, no pude evitar pensar en el descomunal esfuerzo desplegado por la oligarquía colombiana para impedir la reelección del Presidente Hugo Chávez y así ponerle freno a la Revolución Bolivariana. No pude evitar pensar en la torpeza de Capriles al publicar la fotografía del paternal abrazo del ex presidente Álvaro Uribe, siniestro personaje que refleja desde su prontuario, tanto la captura del estado colombiano por parte de las mafias, como el modelo de estadista con que sueñan las élites de la derecha venezolana. Ni pude evitar pensar en el intento de Capriles por desembarrarla, que se concretó a través de una cuasiclandestina cita de emergencia con el actual, y no más transparente que su antecesor, mandatario colombiano. Mientras me acercaba a San Antonio del Táchira aquel jueves 4 de octubre, no pude evitar pensar en el tonito de desesperación que fue adquiriendo la feroz embestida mediática de RCN, Caracol, El Tiempo, El Espectador, Semana, etcétera, en contra de la continuidad del proceso revolucionario del Pueblo Venezolano. No pude dejar de pensar en estas vainas… y no pude dejar de sonreír.

Uno sabe que en el Táchira la pelea es peleando; que el ambiente político está muy influenciado por los vientos que soplan desde Colombia. Aun así, en medio de la opulencia de la campaña de la derecha se destacaba el entusiasmo chavista. A pocas cuadras del puente fronterizo encontré el primer puesto de campaña del presidente Chávez atendido por un grupo de señoras que lucían con evidente orgullo sus camisetas rojas. Aproveché y les pregunté sobre la dirección de la oficina de migración y de paso sobre el desarrollo de la campaña. “Mire camarada: tres cuadras hacia allá y gira con decisión a la izquierda y aquí la cosa está dura pero no nos quejamos, ¡luchamos!”

En San Cristóbal la campaña estaba caliente, mujeres y hombres de diversas edades esgrimían sus mejores argumentos en emocionantes debates callejeros. La Campaña de Capriles fue fuerte, es cierto, pero el chavismo se hizo sentir, no se dejó amilanar. Decidí quedarme unas horas más en esta ciudad, pues no hay nada más apasionante que una asamblea y San Cristóbal era eso, una gran asamblea. Pienso en que este es uno de los logros fundamentales de la Revolución Bolivariana: el Pueblo Venezolano es un Pueblo que ya no se queda callado, ahora es un Pueblo que delibera.

Llegué en la mañana del viernes a Caracas, y mi expectativa era grande. Debía cumplir una cita a las nueve de la mañana en la Plaza de Bolívar y mientras me dirigía hacia ella escudriñaba cada detalle: las vallas y los afiches, los murales y los grafitis, los gestos y las vestimentas de los transeúntes. ¡Carajo! Todo confirmaba que aquí las cosas eran a otro precio: el poder de convocatoria de la Revolución Bolivariana resulta impresionante. Se percibía con intensidad eso que Ángel Becasino llamó “una corriente emocional muy fuerte que impregna la campaña de Chávez”.

Llegué al lugar de mi cita, y mientras caminaba hacia la Estatua de Bolívar me asaltó el recuerdo de aquel texto hermoso de José Martí que habla de un “viajero que solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía como un padre cuando se le acerca un hijo”. Eran tan grandes las emociones que experimentaba, que de no ser porque apareció el amigo con quien tenía la cita, hubiera terminado bañado en llanto y abrazado a alguna de las extremidades del caballo del Libertador…

El sábado, desde muy temprano, y gracias a la invitación de un grupo de documentalistas del que hacen parte mis amigos, tuve el privilegio de visitar la Parroquia 23 de Enero y de compartir con sus gentes lo apasionante de ésta batalla. Allí percibí que era claro que cada compañera o compañero sabía lo que tenía que hacer. Las tareas propias de la campaña se realizaban con entusiasmo y precisión en medio de un debate político permanente en el cual era común que afloraran críticas al proceso revolucionario, o, mejor, autocríticas, porque cada quien que las planteaba se asumía como una o un protagonista de la Revolución. Esta, creo que es otra de las conquistas de la Venezuela Revolucionaria: la certeza, cada vez más fuerte, de que las respuestas a las deficiencias de la Revolución Bolivariana están dentro de la Revolución Bolivariana, ¡no entre sus enemigos!

Si uno diera por cierto lo que dicen los grandes medios de comunicación colombianos sobre el ambiente político venezolano, tendría que asumir que en el 23 de Enero, uno de los sectores emblemáticos de la Revolución Bolivariana, los partidarios de la derecha, que están en condición de minoría, viven en una situación permanente de verdadero terror, intimidados despiadadamente por las hordas chavistas, como repiten incansablemente los medios de la oligarquía colombo – venezolana. Nada más alejado de la realidad: las relaciones entre las y los vecinos del 23 de Enero, independientemente de sus convicciones políticas, se basan en el respeto e incluso, en los afectos que surgen del compartir un espacio residencial. Era común ver, en medio de la multitud que lucía camisetas rojas, a alguien con la gorra de Capriles, caminando con toda tranquilidad. Hay debates, claro que sí, incluso apasionados, pero dentro de un contexto de convivencia definido por la alegría y el respeto.

Al visitar los puestos de votación de los candidatos presidenciales nos dimos cuenta de un contraste que llama la atención por lo significativo. Mientras el Presidente Chávez vota en la Parroquia 23 de Enero, uno de los sectores más populares de Caracas, Capriles lo hace en un exclusivo sector ubicado entre la Plaza de Altamira, famosa por las guarimbas, y la Embajada de los Estados Unidos, famosa por sus agresiones.

No me costó mucho decidir en dónde vivir el día electoral: obviamente escogí la Parroquia 23 de Enero, sin duda, uno de los mejores lugares para vivir esta fiesta. En la mañana del domingo 7 de octubre, la atención de la gente se centraba en dos asuntos fundamentales: ejercer el derecho de elegir y… no perderse el saludo del Presidente Chávez que en cualquier momento pasaría hacia su puesto de votación. Desde temprano las largas filas de votantes auguraban una muy buena jornada, al tiempo que en la vía principal se fue agolpando una multitud que esperó pacientemente al Comandante, hasta que finalmente pasó conduciendo lentamente un auto y correspondiendo al saludo de sus seguidores.

Resulta impresionante la sintonía del Presidente Chávez con su Pueblo. Sintonía que se establece entre su liderazgo y los liderazgos colectivos que se han venido forjando, los liderazgos populares. Sintonía que constituye la médula de la democracia protagónica que se ensancha y profundiza. Al percibir tan intensamente ésta identificación entre liderazgos, comprendo la justeza del eslogan de la Campaña: “Chávez, corazón de mi Patria”, y la convicción generalizada de que el resultado será el esperado: “La Victoria Perfecta”.

Y no podía ser de otra manera, los resultados electorales dan cuenta del establecimiento de nuevos records: la participación histórica de las y los venezolanos en un país que no consagra el voto obligatorio, hace que las democracias más rimbombantes del mundo palidezcan, la abstención, muy inferior al 20 % es la más baja del continente y una de las más bajas del mundo. Este resultado ratifica la legitimidad de la Constitución Bolivariana y el carácter democrático de su sistema electoral.

El contundente triunfo de la Revolución, a lo largo y ancho del país, con una diferencia sobre la propuesta de la derecha de más de un millón y medio de votos consolida en Democracia un camino de profundas transformaciones nacionales: el camino del Socialismo del siglo XXI.

En la mañana del lunes, mientras las venezolanas y los venezolanos en cada esquina, en las aceras, en los parques, en sus casas o en sus lugares de estudio o de trabajo, seguían deliberando sobre los resultados electorales, pensé en que la Revolución Bolivariana logró desencadenar esas fuerzas telúricas que surgen de lo más profundo de nuestras esencias como Pueblo, esas fuerzas de atracción apasionada que configuran y consolidan la cadena de afectos, la certeza del amor de que nos hablaran Afranio Parra y Jaime Bateman… De nuevo me asalta el recuerdo de aquél viajero de José Martí que “llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar” y entonces, ratifico mi admiración por Bolívar, “pues todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él, porque la América fuese del hombre americano. A todos: al héroe famoso y al último soldado, que es un héroe desconocido”.

Ahora, terminando esta nota, reflexiono sobre algo que constituye también un logro de la Revolución Bolivariana: el Patriotismo. Pero el Patriotismo asumido no sólo como el Ser Patriota, sino fundamentalmente como el Ser Compatriota… y en este caso, como el Ser Compatriota de la Patria Grande, ¡Nuestra América!

Fabio D’ Ruana

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